¿Qué sucede en el Vaticano?

Nada de nuevo respecto al pasado. La única diferencia es que ahora resulta más difícil de gobernar con la opacidad de hace tan sólo treinta años. Hay más y mejores medios tecnológicos a disposición, existen unas opiniones públicas distintas de las de antes y el concepto y la práctica de la libertad también han cambiado. Lo que tal vez no haya cambiado es el poder.

Transcurrió mucho tiempo antes de que se revelase que las crueles imágenes fotográficas sobre la agonía (1958) de Pío XII, que ningún diario de bien quiso publicar, las había tomado su médico personal.  O que se supiera que el dominicano Félix Morlion, rector de la universidad Pro Deo, era también un confidente de la CIA, organismo que en los años 60 y 70 reclutaba a misioneros para su causa, mientras el KGB soviético metía en los seminarios de Roma, a través de la exRepública Democrática de Alemania (RDA), a falsos curas para que espiasen al Vaticano. Hubo que esperar más de 70 años antes de saber que Benito Mussolini había colocado desde 1925 a 16 espías dentro del Vaticano –prelados, periodistas y otras especies–, que usaban como conexión exterior a dos famosas actrices. Los empleados de la telefónica vaticana forzaron dos veces el apartamento de Paulo VI, los arrestaron, aunque nunca se supo el por qué.

Benito Mussolini

Benito Mussolini

Sin embargo transcurrieron pocas horas desde que el fotógrafo de una agencia captara a tres guardias suizos tomando el sol, desnudos, en una terraza del Vaticano y la publicación de las imágenes. Transcurrió poco tiempo entre la muerte (1982) de Roberto Calvi, presidente del banco Ambrosiano, cuyo principal socio era el banco del Vaticano (IOR) y que se filtrara (y se publicase) que la magistratura italiana había firmado una orden de arresto  –algo nunca visto– contra el arzobispo presidente del IOR. Del tribunal de la sacra Rota han salido, previo pago, y han sido publicados documentos sobre anulaciones de matrimonios principescos que eran secretos.

La historia no ha cambiado

Siglos de historia ofrecen una radiografía sino idéntica o peor, por lo menos semejante a lo que sucede en estos días. El mayordomo del Papa ha sido encerrado en la “celda de seguridad” (4×4 metros) vaticana, por guardar en su casa numerosos documentos reservados. Paralelamente el presidente del banco (IOR) ha sido defenestrado. Simultáneamente, diarios y editoriales han publicado documentos secretos.

Secretaría de Estado

Secretaría de Estado

Pero. El tan devoto, católico e incapaz de matar a una mosca, mayordomo papal no puede haber actuado solo. No se entiende que guardase en su apartamento, dentro del Vaticano, las pruebas de su culpabilidad, a no ser que alguien se lo hubiese pedido. El mayordomo no ha sido tampoco, en la eventualidad de que lo haya sido, el único topo: tenía acceso a los papeles del Papa, pero no a los de la Secretaría de Estado, que también han salido publicados. De manera que, con toda probabilidad, caerán otras cabezas, que no serán de mayordomos. Gianluigi Nuzzi, autor del libro Su Santidad que acaba de publicar un centenar de documentos secretos, afirma que se los han dado “personas devotas al Papa, que defienden la transparencia”, incluido que se ventile la corrupción interna. Cabe preguntarse por qué personas de tan alto nivel transgreden unas normas que saben obvias. “Somos muchos”, ha explicado un cardenal (La Repubblica, 28/5/2012), en referencia a quienes están con el Papa y a favor de la transparencia, pero que la prensa presenta como los malos de la película. En consecuencia, nadie sabe por ahora muy bien quién es quién en esta historia; si los malos (el mayordomo, sus posibles cómplices y el banquero) son en realidad los buenos, o si los buenos (quien ordena repartir dimisiones y arrestos) son en realidad los malos. Entendámonos: el robo de unos documentos de Estado, si robo ha habido, normalmente suele ser castigado. Sin embargo el caso tiene visos de tratarse de algo más amplio.

Distintos niveles, como las alcachofas

En su filme El Código da Vinci, Dan Brown cuenta cosas inventadas, aunque la realidad probablemente las supere. Sobre la situación, en estas horas se dan interpretaciones a niveles distintos, tal vez todos verdaderos.

Primer nivel: el mayordomo ha sustraído documentos que no debía y el presidente del banco se ha comportado, internamente y externamente, según reza el acta de dimisión, de manera “imprudente e indigna de confianza”. Dos empleados infieles, que, si la historia es esa, deben ser castigados.

Cajero automático del IOR

Cajero automático del IOR

Segundo nivel: El mayordomo respondía directamente ante el Papa (es obvio), así como el banquero (por ley), lo que ya plantea muchas preguntas. La más importante: si eran hombres suyos, ¿por qué les acusan y neutralizan? En la entrevista al cardenal anónimo de dos páginas en La Repubblica, este explica que, visto el cariz de los acontecimientos, Benedicto XVI decidió “protegerse”, creando un equipo de “cuatro hombres y una mujer” de confianza total. Es decir, un círculo de seguridad por encima de la seguridad oficial (150 hombres de la gendarmería, con medios de control –afirma el cardenal—mayores que las de la CIA)

Tercer nivel: Joseph Ratzinger lleva siete años, más el anterior a su elección, denunciando la “podredumbre” interna a la iglesia, que describe como “una barca que zozobra”;  denunciando el “arribismo” de muchos eclesiásticos, afirmando que “el enemigo está dentro de la iglesia”  y subrayando, en estos días, “la Babel en que vivimos” y el hecho de que “la sospecha nos vuelve peligrosos”. En estos años ha sacado a la luz, contra quien se oponía, 4.000 casos de pederastia a manos de curas, ha terminado con el nombramiento de nuevos obispos según placía a una comisión de cardenales e intenta imponer al banco las normas de transparencia internacionales.

Cuarto nivel: Desde poco después de su nombramiento, los cardenales alemanes y algún francés pidieron la retirada del Secretario de Estado, por incapaz (usaron expresiones más leves) y también la pidieron otras personas del gobierno papal.

Los niveles de interpretación son muchos, como en las alcachofas, porque generalmente los hechos no son tan simples como suelen describirse.

Tarsicio Bertone

Tarsicio Bertone

Quinto nivel: El Secretario de Estado del papa es la única persona de confianza que Joseph Ratzinger tuvo en los casi 25 años de permanencia en el Vaticano. Ha cumplido los 75 años reglamentarios para que dimita, aunque generalmente los papas suelen darles un plazo de propina. En el caso de que sea su “primer ministro” quien inspira la movida actual, ¿cómo podría Benedicto XVI defenestrarle? La monarquía absoluta de los Papas es un tanto más compleja (el Vaticano es un país gobernado por gente de todo el mundo) que la de los reyes laicos.

La limpieza de Joseph Ratzinger

Sexto nivel: Las fuentes internas más acreditadas explican que en estos años Benedicto XVI no ha afrontado nunca de pecho ni la limpieza ni la reforma de su gobierno, la Curia. Nombró a un cardenal para que hiciera una inspección interna y empezó a sacar los trapos sucios, pero alguien puso la zancadilla y el Papa tuvo que encajar el golpe, aunque le nombró para la embajada más importante (EEUU) del mundo. Las fuentes añaden que el papa está o estaba haciendo limpieza a su manera, desmontando pieza por pieza unos engranajes en parte enfermizos (por ser suaves): pederastia, arribismo, negocios, reorganización económica, corrupción… Ha dicho a sus colaboradores: “¿Qué reformas eficaces se pueden hacer si antes no creemos en Dios?”.

Benedicto XVI

Benedicto XVI

Séptimo nivel: Haciendo su peculiar limpieza habría chocado contra algunos o muchos intereses y poderes internos, acumulados en los siglos, que ahora se la harían pagar a través de “su” mayordomo y de “su” banquero. Tal vez sea una coincidencia, pero curiosamente los analistas y medios conservadores apuntan todos a una misma conclusión-sugerencia para salir del caos actual: que el Papa dimita. Sin terminar la limpieza, claro.

¿En vistas del cónclave?

Octavo nivel: Siempre las fuentes internas observan que Joseph Ratzinger tiene 85 años y que Dios le conserve en vida, pero dado que es más anciano que joven,  habrían comenzado las trifulcas para la sucesión. En vistas de ella, se estarían moviendo cardenales, episcopados, países influyentes, masonerías, instituciones internacionales, gobiernos, organismos católicos potentes y grupos de poder agnósticos o simplemente políticos. Más o menos todos intentarían, cuando sea el momento, emplazar a “su” papa.

Noveno y último nivel: El rey de Francia o los emperadores de España y Austria ya no envían, como antaño, cartas para indicar a su candidato favorito; ni las familias aristocráticas romanas incendian Roma para imponer el suyo. Pero desde que Constantino inventó la figura de un Papa tal como se conoce actualmente, en la religión católica siguen guerreando intereses “forasteros” y golpes bajos, a la hora de elegir a su jefe. Al fin y al cabo, el Vaticano es la institución que mejor controla el pulso del mundo. Para bien o para mal.