Deicidas

Los articulistas de la caverna, mucho más extremistas que la propia dirección del PP, se encuentran cada día con la ardua tarea de tener que llenar mucho papel. Ahora algo menos por la crisis, pero todavía compiten cuatro diarios conservadores con vocación ‘nacional’ y eso obliga a verter mucha tinta para captar lectores. Por suerte para los columnistas, tienen barra libre para decir las mayores barbaridades; no opiniones sino  directamente mentiras. Las más habituales se referían a la izquierda o al Rey. En las últimas semanas, sin embargo, Artur Mas, ha salido en su ‘ayuda’ y el tema preferido desde el Onze de Setembre es Catalunya y su fiebre secesionista.

Los catalanes estamos habituados a que nos equiparen con los judíos. Aunque esta asimilación es muy antigua, uno de sus fervientes revitalizadores ha sido Jordi Pujol, gran admirador del pueblo hebreo y que tiene a Moisés en un lugar preminente de su galería de personajes favoritos. No es casual que Mas aluda a la tierra prometida. O que en los archivos de Convergència puedan hallarse algunos discursos que sugieren implícitamente que el catalán es un pueblo elegido, un concepto, por otra parte, muy común en otros nacionalismos, como el estadounidense, sin ir más lejos.

Solo faltaba ahora que el Barça invitase a presenciar el clásico a un sargento del Ejército israelí que fue secuestrado durante cinco años por Hamás para que en ciertos cenáculos sospecharan de la existencia de catacumbas sionistas hasta debajo del cesped del Camp Nou. O que un ingenioso columnista de ‘El Mundo’ implicase a los catalanes en la muerte de Jesucristo.

El nacionalcatolicismo resucitó durante el franquismo el antisemitismo medieval, que desembocaría en la expulsión de los hebreos en tiempos de los Reyes Católicos. En algunos rezos de la posguerra, los judíos aparecían como los asesinos de Dios. La doctrina con la que crecieron los actuales cardenales y obispos españoles obviaba, eso sí, que Cristo era judío.

El columnista de ‘El Mundo’, Juancho Armas Marcelo, insistió en la teoría del deicidio –sabe que a Pedrojota le encantan las tesis conspirativas y aún más participar en ellas— y lo atribuyó a los catalanes. Como Poncio Pilatos y su familia eran originarios de TarracoConvendría, de todos modos, que Armas aclarase ciertos conceptos: los catalanes, ¿somos como los judíos o como los romanos? ¿O da igual, somos culpables y punto pelota?

Propongo encender el cronómetro y calcular cuánto tiempo van a tardar los portavoces de la derecha política y mediática de Madrid en señalar el debate soberanista catalán como el chivo expiatorio de la espectacular revisión a la baja de las previsiones económicas para España anunciadas por el FMI. De nuevo, el relato de los populares y de sus acólitos más radicales confundirán a propósito causas con consecuencias: la recesión no es el acelerador de la desafección de los catalanes sino al revés. Y lo peor es que muchos ciudadanos de buena fe se lo creerán. Saldrán convencidos de que los catalanes, además de deicidas, son los primeros causantes de la ruina de España. Inventar enemigos exteriores o interiores es tan fácil como encender fuego en el bosque. Y resulta rentable para cualquier demagogo en todas partes. En Alemania, en Yugoslavia, en Ruanda, en Israel, en España o, por supuesto, en Catalunya.