El cuerpo de Chávez: un informe sobre el estado de la nación

Chávez (derecha) con Fidel Castro en La Habana.

Chávez (derecha) con Fidel Castro en La Habana.

“Ahora quería hablarles desde este camino empinado por donde siento que voy saliendo ya de otro abismo”, dijo. Y precisó: “Fue una intervención mayor, realizada sin complicaciones, tras la cual he venido evolucionando satisfactoriamente mientras recibo los tratamientos complementarios para combatir los diferentes tipos de células encontradas y así continuar por el camino de mi plena recuperación”. Hugo Chávez fue metafórico y aséptico, a la vez. Combinó la emoción con el parte médico, redactado con ese tono neutral que reclama el lenguaje hospitalario. Hablaba de él, del hombre que gobierna Venezuela desde 1998. Parado frente a las cámaras, con los signos evidentes del trastorno -el rostro demacrado, el cuerpo, por momentos, levemente inclinado hacia adelante, como si le faltara la firmeza acostumbrada-, el comandante reveló que padece un cáncer. Habló, claro, desde La Habana. Y, desde Cuba, su convalecencia devino una suerte de informe sobre el estado de la nación. El Estado, encarnado en el cuerpo del presidente enfermo.

El bolivariano se refirió a sus dos cirugías: la primera, realizada para drenar un “absceso pélvico”,  sin tener en cuenta las derivaciones que le tocó afrontar en público; y una segunda, “que permitió la extracción total de dicho tumor”. De esta manera, Chávez rompió el silencio brezneviano que rodeaba su padecimiento, y alimentaba las conjeturas de todo orden. El parte médico como un asunto político de alta sensibilidad.

“Se trató de una intervención mayor, realizada sin complicaciones, tras la cual he continuado evolucionando satisfactoriamente mientras recibo los tratamientos complementarios para combatir los diversos tipos de células encontradas y así continuar por el camino de mi plena recuperación”, le contó al país y al mundo.

Dos días antes, se había “mostrado” junto con Fidel Castro, como un binomio de convalecientes que, pese a su debilidad manifiesta, no renuncian a la intervención en la sociedad que moldearon a imagen y semejanza. Ellos se exhibieron leyendo una portada de Granma, el diario del Partido Comunista Cubano cuya vocación por la inmediatez y transparencia informativa es tan fuerte como el respeto a la diversidad.

Esa imagen de los dos juntos quería decir, se sabe ahora, otra cosa. Fue Castro, según Chávez, el que le informó sobre el “hallazgo cancerígeno”. Y, desde entonces, confesó el venezolano, “comencé a pedirle a mi señor Jesús; al Dios de mis padres, diría Simón Bolívar, al manto de la Virgen, diría mi madre Elena; a los espíritus de la sabana (…) para que me concedieran la posibilidad de hablarles, no desde otro sendero abismal”.

Hugo Chávez, durante su discurso televisado del jueves.

Hugo Chávez, durante su discurso televisado del jueves.

Allí, en la isla, parado frente a las cámaras, en esa distancia geográfica que es, a la vez, un límite de otra índole, Chávez se abstuvo esta vez de la retórica final, esa que establece dos opciones para la lucha, el socialismo o la muerte. Y se abstuvo porque la misma muerte, como alegoría y posibilidad cierta, había estado rondando su discurso y se había instalado en el cuerpo presidencial, el cuerpo del Estado. Por ello se despidió diciendo “viviremos y venceremos”. Antes de que la imagen se perdiera se escuchó “hasta el retorno”, aunque no se precisaron fechas.

Hubo, en Caracas, unos que lloraron y otros que rieron.

Cuando Chávez salió del aire, arreciaron, naturalmente, las conjeturas, y todas tienen que ver con el presente venezolano. El próximo martes se cumplirá un mes desde que el presidente abandonó Caracas. La ausencia ha generado diferentes debates. Si alguna vez el chavismo puro y duro estaba preocupado por su reproducción política más allá del comandante (¿quién lo heredaría en un futuro remoto?), a quien le auguraban larga vida, su enfermedad lo ha puesto frente a un escenario no contemplado. El partido de Gobierno y sus satélites empezaron a mostrar grietas y desavenencias que siempre estuvieron pero que eran opacadas por la presencia vital del líder.

“Hemos escuchado el mensaje del presidente-comandante, y con ese coraje y fe en el futuro que nos ha transmitido, nos toca a nosotros seguir avanzando”, atinó a decir el vicepresidente, Elías Jaua. “Lo vamos a esperar el tiempo que sea necesario, defendiendo a la revolución”, balbuceó la vicepresidenta del Partido Socialista Unido de Venezuela, Cilia Flores. “Unidad”, reclamó más de una vez la expresidenta de la Asamblea Nacional.

Jaua pidió a la enconada oposición respeto por la salud de Chávez (no han faltado, entre los ardientes enemigos, extremaunciones anticipadas y festivas). Muchos adversarios, sin embargo, no parecen saber qué hacer y cómo afrontar los acontecimientos. Algunos se apegaron a la docta constitucional para salir del paso. “El presidente tiene todo el derecho de enfermarse y de recuperarse, pero también el deber de informar al país de lo que ocurre”, ha dicho Julio Borges, diputado a la Asamblea Nacional y coordinador del partido de centroderecha Primero Justicia.

Para María Corina Machado, diputada independiente y posible candidata a las elecciones presidenciales del 2012, el Parlamento debió declarar la ausencia temporal del presidente y delegar el poder en el vicepresidente. “Hay que atenerse a la Constitución y discutir cuánto tiempo más puede estar Chávez fuera del país sin que sea nombrado el vicepresidente como encargado”, dijo, también, el director del diario TalCual, Teodoro Petkoff. Según el exguerrillero, un severo crítico del Gobierno, “en el chavismo se están mirando todos con desconfianza, están afilando sus cuchillos”.

La enfermedad de Chávez es, a la vez, seguida con inquietud fuera de las fronteras venezolanas. La región se ha acostumbrado a acogerlo o lidiar con sus ambiciones, a tratar de atenuar su incontinencia verbal y excesos diplomáticos y, al mismo tiempo, integrarlo. En ninguna cancillería se trabajaba con la hipótesis de su ausencia por razones del orden clínico. Y menos con escenarios de mayor gravedad institucional.  Todos, de una u otra manera, están, por estas horas, impacientes y perplejos.