El maligno no descansa

Benedicto XVI pronuncia un discurso durante una audiencia, el 14 de febrero. EFE / CLAUDIO PERI.Cuentan que tras conocer las interioridades de la Curia romana a Juan Pablo I (el Papa de los 30 días) le dio tal soponcio que nunca se recuperó. Las preocupaciones de su sucesor, el Papa que venía del frío, eran muy otras. Por el contrario, las de Benedicto XVI han sido las mismas que atribularon a aquel Pontífice brevísimo.

Al conocer la magnitud del desastre reinante en el Vaticano, en vez de darle un síncope, el Papa Ratzinger habría optado por renunciar.

No hace falta leer las novelas de Dan Brown, ver El Padrino 3 o remontarse a la historia de los Borgia para descubrir que en el Vaticano se desarrolla una lucha por el poder con todas las corruptelas, engaños y chantajes que entraña una contienda parecida, aderezada además con relaciones homosexuales, como explican las últimas revelaciones.

Sin embargo, a diferencia de las guerras por la supremacía en el mundo civil, esta lid tiene un plus añadido. Se trata de una organización con 20 siglos de historia, estructurada jerárquicamente, sin democracia interna y con una razón de ser de orden espiritual. Católicos de base italianos definen este lodazal como una “coalición anticrística de intereses”.

En esta guerra, la sala de mandos es la Secretaría de Estado, el lugar desde el que se gobierna efectivamente la Santa Sede. Los protagonistas principales son el anterior y el actual Secretario de Estado, Angelo Sodano y Tarsicio Bertone, respectivamente, cada uno con su grupo de apoyo entre cardinales y otras personalidades de la Curia.

El cardenal Sodano, en el centro con gafas, con otros purpurados, tras conocer la renuncia del Papa, el 11 de febrero. AP.Sodano, que hoy es el decano del colegio cardenalicio, fue el último secretario de Estado de Juan Pablo II y el primero de Benedicto XVI. Uno de los motivos de desencuentro con el Papa fue la pederastia. Mientras el Pontífice quería acabar con el secretismo entorno a aquellos casos que proliferaban en varias diócesis, Sodano se oponía.

Igualmente, había insistido repetidamente ante el todavía cardenal Ratzinger para que enterrara la denuncia por abusos sexuales contra el sacerdote mexicano Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo. Sodano había recibido dinero y favores del religioso al que el Papa después apartó del ministerio sacerdotal.

Si la Secretaría de Estado es el poder, el dinero está en el banco vaticano, el Instituto para las Obras de Religión (IOR). En los años 70 y primeros 80, capitaneado por el entonces obispo Paul Marcinkus, protagonizó un sonado escándalo en el que se contaron varios cadáveres excelentes, el mafioso Michele Sindona, el banquero masón Roberto Calvi y el abogado Giorgio Ambrosoli.

Hoy el control del IOR sigue siendo objeto del deseo y su opacidad, proverbial. Benedicto XVI quiso hacer limpieza en el banco y para ello nombró a una persona de toda su confianza, el economista Ettore Gotti Tedeschi. Su cometido era el de adecuar el banco a las normas de transparencia financiera que rigen en los países occidentales para evitar que fuera –como ha sido– refugio de dinero de origen más que dudoso.

El cardenal Bertone, durante una ceremonia religiosa el 9 de febrero. REUTERS/ ALESSANDRO BIANCHI.El banquero consiguió que se aprobara una ley contra el blanqueo de dinero y crear una autoridad de control interno, pero no llegó a más. La reforma quedó corta en relación a los estándares fijados por el Consejo de Europa. El empeño limpiador de Gotti Tedeschi había topado con grandes resistencias y fue destituido por el consejo de administración que dio a entender que al economista se la había ido la cabeza.

Los detalles de la lucha por el poder en el Vaticano salieron a la luz en enero del 2012, cuando se publicó la carta de un cardenal en la que denunciaba la corrupción en el Vaticano. Siguió otra carta de otro purpurado sobre posibles extralimitaciones de la Secretaría de Estado y una tercera, también cardenalicia, sobre la falta de trasparencia del IOR. Las tres misivas ponían en duda la actuación de Bertone y este se la devolvió a los tres, directa o indirectamente.

Después vinieron más revelaciones apodadas Vatileaks y siguió la detención y juicio del mayordomo del Papa. El antepenúltimo capítulo de esta guerra fue el encargo que hizo Benedicto XVI a tres ancianos cardinales encabezados por Julián Herranz, del Opus Dei, para que investigaran lo que estaba ocurriendo. El penúltimo capítulo sería la entrega del informe secreto elaborado por los tres purpurados con todo lujo de detalles, hasta los más escabrosos. Y el último, la renuncia del Papa.

En esta guerra, ninguno de los principales contendientes ha hecho honor a su lema. Ni Sodano ha conseguido el Que sean uno (Ut unum sint), ni Bertone  el Custodiar la fe, conservar la concordia (Fidem custodire, concordiam servare). Pero siempre hay alguien a quien echar la culpa. Según Bertone, “hay una voluntad de división” y viene, naturalmente, “del maligno”. Amén.