¿Cómo es posible poner en alerta a varios servicios secretos turcos en cuatro días? Ésta es la pregunta que me hago mientras me acomodo en el autobús de vuelta a Estambul. Durante unos días me he desplazado a Edirne, junto a la frontera greco-turca, con los fotógrafos Álvaro Deprit y Alessandro Penso para continuar investigando la la situación de los migrantes y refugiados que tratan de penetrar de manera clandestina en la Unión Europea y las redes de tráfico de personas que actúan en la zona (un tema del que El Periódico ya ha publicado los siguientes reportajes 1 y 2). Sin embargo, la presión de la policía secreta, los servicios secretos de la Gendarmería y el ejército nos ha impedido profundizar todo lo que hubiéramos querido en nuestra investigación.
Ya desde el primer día anduvieron pisándonos los talones. Nos internamos en un pueblo situado en la orilla occidental del río Evros (que discurre a lo largo de gran parte de la frontera greco-turca), dos de cuyos vecinos ya han sido condenados por colaborar con las redes de tráfico. Apenas pusimos un pie en la orilla del río, apareció una patrulla militar y nos detuvo.
-Ay, ¿por qué nos dais estos dolores de cabeza? –dice el oficial al mando, más como un lamento que en forma de pregunta- Ya sabéis cómo funciona este país…
Durante más de dos horas esperamos en el exterior de un cuartel, encerrados en nuestro coche para soportar las temperaturas bajo cero, a que los militares reciban la orden de entregarnos a la Gendarmería. Pero antes debemos pasar por un control médico para demostrar que no hemos sido torturados. Escoltados, entramos en el hospital, donde un doctor se niega a hacernos el examen a menos que los militares que nos acompañan regresen a su cuartel –a unos 20 kilómetros- y traigan un documento burocrático del comandante. La burocracia del Estado turco supera incluso a los propios militares que la idearon, así que nuestro oficial desiste y nos acompaña al cuartel de la Gendarmería.
-¿Y el examen médico? – pregunta la gendarme.
-No teníamos el documento necesario y no lo han querido hacer, ¿podéis hacernos vosotros el documento? –sugiere el oficial militar.
-Habría sido mejor que les hubiesen hecho el examen médico antes de venir –se empeña la gendarme.
-Bueno, pero si les vamos a dejar en libertad… –se excusa el militar.
Aliviados por lo que acabamos de escuchar, nos dedicamos a charlar en el pasillo con los reclutas que nos custodian. Todos están haciendo el servicio militar y se aburren. Nos ofrecen comida y té. El trato es más que correcto pues el alto sentido de la hospitalidad de los turcos les impide actuar de otra manera.
Finalmente nos hacen borrar las fotos que hemos tomado y nos dan un documento en el que certifican que ya somos libres, pero nos advierten de no volver al pueblo en que nos encontraron, pues se trata de una zona militar restringida de nivel 2 por hallarse sobre el fronterizo río Evros. Tras cuatro horas de detención volvemos a ser libres, pero no todo ha terminado.
Otro día, mientras cenamos en un apartado bar cercano a la frontera con Grecia, entran tres hombres y se acercan a nuestra mesa. Por un momento tememos que sean mafiosos que han venido a tener una charla con nosotros, molestos por que andemos merodeando en la zona en que hacen sus descargas de inmigrantes, traídos en camiones y en condiciones infrahumanas desde Estambul. Pero no, son de la secreta. Entre dientes, uno de ellos susurra: “Poliiiis” (Policía). No hace falta que lo juren. Un walkie-talkie asoma entre las manos de uno de ellos. Todo el bar sabe lo que son. Así que me llevan un apartado para tener una “amigable conversación”.
-Estáis en el hotel Tuna, ¿verdad? –inquiere uno de los policías secretos. Sí. Esa era fácil de acertar. Después de todo, los alojamientos hoteleros de Turquía están obligados a enviar diariamente a la policía los datos de sus clientes.
-¿Cómo habéis sabido que estábamos aquí? –le pregunto yo. Esta es más difícil.
-¡Ah! Somos la policía… –responde henchido de orgullo de espía.
Con los policías encima nuestro, se hace imposible que continuemos en contacto con las redes de traficantes, un complejo sistema del que se beneficia económicamente parte de la ciudad y cuyas implicaciones finales no están del todo claras. Los policías han fastidiado parte de nuestro trabajo, así que no nos queda más remedio que marchar de la ciudad. El día que lo hacemos, un furgón de la policía ha estacionado frente a la puerta de nuestro hotel y hay agentes apostados en toda la calle. Deben suspirar aliviados de que nos vayamos y puedan ya dedicarse a su verdadero trabajo: atrapar criminales en lugar de periodistas.
El autobús de regreso a Estambul continúa su trayecto por la autopista. El joven que se sienta a mi lado, de unos 28 años, parece haberse aburrido de escuchar la música de su región natal, la Anatolia Oriental; se quita los cascos, se vuelve hacia mí y me hace un gesto con sus dedos anular y corazón sobre el brazo de su cazadora. Justo donde deberían ir los galones. Vaya. Otro militar.
-Soy militar –dice y me enseña su carnet de la Comandancia.
-¿Ejército de Tierra? – le pregunto yo.
-Estuve allí hará unos años, pero ahora trabajo para el servicio de inteligencia de la Gendarmería–explica él, a quien llamaremos Z a partir de ahora.
-Yo soy periodista.
-Hace unos días detuvimos a unos periodistas en la frontera…
-¡El mismo! –le corto, absolutamente seguro de que ya lo sabe. Lo confirmará poco después: “He visto que tus compañeros te dejaban en la estación de autobuses y se marchaban. El de la perilla y gafas y el otro”. Efectivamente, han ido a Grecia a continuar el trabajo de investigación.
-Yo soy el oficial que os detectó y mandó deteneros – prosigue Z. ¡Qué coincidencia!, pienso irónicamente para mí mismo.
-Sin rencores… ustedes hacen su trabajo, nosotros el nuestro –le digo.
-Es bonito vuestro trabajo –afirma Z-. Sabemos que has estado también en la frontera con Armenia, en Georgia, en Irak, en la parte griega de Chipre… –veo que los servicios secretos turcos hacen bien su trabajo. Sólo le falta saber con quién me he acostado-. También en Samsun y Ordu.
¡Un momento! Que sepan que he estado en la frontera con Armenia es normal, pues hube de pedir permiso a los militares para trabajar en esa zona; que sepan lo de Georgia e Irak también, puesto que antes de salir hay que pasar controles fronterizos, e incluso puede saber lo de Chipre puesto que el ejército turco mantiene allá tropas de ocupación… pero Samsun y Ordu son sólo dos provincias turcas, situadas en la costa turca del Mar Negro, sin mayor importancia estratégica. A principios de octubre aterricé en Samsun y me desplacé en autobús hasta Ordu junto a una nutrida delegación de periodistas para participar en el 48º Congreso de la Asociación de Periodistas Europeos (AEJ), de la que formo parte.
-Has estado en tantas fronteras que cuando te detuvieron el otro día pensaban que eras un espía –asegura Z-, pero ya cotejamos tus datos con la central y vimos que no.
Al cabo de un rato, vuelve a la carga:
-Es que muchos de los periodistas extranjeros en Turquía trabajan para el FBI ¿sabes?
Madre mía… ¡Qué cacao mental! El joven oficial de la Gendarmería no debe saber que quién se encarga del espionaje exterior estadounidense es la CIA.
-Que no digo que tu lo seas…
Ya estamos… La eterna suspicacia de los turcos por los extranjeros, la eterna obsesión con que todos los poderes extranjeros no quieren otra cosa que dividir en mil pedazos Turquía, como tras la Primera Guerra Mundial.
Hace tiempo que dejé de responder que trabajo también para una agencia de noticias a los taxistas que me preguntan por los medios en que colaboro (taxistas, por cierto, que a veces se ganan un sueldo extra haciendo de informadores para el principal servicio secreto turco, el MIT, según me confesó un pariente de un agente turco). Porque, invariablemente, la pregunta siguiente era:
-¿Una agencia de noticias? ¿No serás un agente (de espionaje)? - Algo a lo que yo siempre añadía mentalmente: “Sí, hombre, sí. Si fuese yo un espía te lo iba a decir a tí…”.
Z echa miradas a lo que estoy escribiendo en el ordenador.
-¿De qué trata el informe que acabas de enviar?
-No es un informe –le corrijo-, es un artículo.
-Sí, sí ¿y de que va tu inform… artículo?
-De tal y tal cosa.
-Ah, sí, lo estaba leyendo.
Llegamos a la estación de autobuses de Estambul. Z y yo nos despedimos y cada uno se marcha por su lado. Yo tomo asiento en el microbús que me llevará hasta la plaza de Taksim. Se me acerca un hombre tocado con un gorro. Extrañamente ha pasado por delante de todos los turcos que esperan la partida del microbús fumando en la puerta y ha venido directamente hacia mi asiento. “¿Adónde va?”, me pregunta a pesar de que un letrero lo indica sobre el microbús. “A Taksim”. El hombre se da por satisfecho, merodea un poco más, sale del vehículo y se pierde en el maremagnum de la estación. No puedo menos que reírme.
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ACTUALIZACIÓN
Tras dos días trabajando en Grecia, junto a la frontera turca, los fotógrafos Álvaro Deprit y Alessandro Penso fueron también detenidos, junto a otros dos periodistas franceses, durante 5 horas por el ejército y la policía griegos. Primero se les obligó a permanecer a la intemperie durante una hora y media. Las siguientes horas las pasaron en la comisaría de Didimotiko (Prefectura de Evros) siendo interrogados. Finalmente sólo se les dejó en libertad a cambio de que los policías griegos pudiesen copiar las imágenes que los fotógrafos habían tomado en Turquía.
¿Qué están escondiendo policías y militares de Grecia y Turquía para mostrar esta actitud represiva hacia los periodistas que intentan investigar la situación que viven los migrantes y refugiados que quieren llegar a Europa y las mafias que se aprovechan de ellos?
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Fotografía: Andrés Mourenza y el fotógrafo Alessandro Penso, trabajando en Edirne, cerca de la frontera turco-griega (Autor: Álvaro Deprit)








