Juventud, divino tesoro

“Chiquito autoritario”. “Pelotudo (estúpido)”.  “No pueden gobernar ni una calesita”. “Mamarracho”. La sesión parlamentaria se pobló de palabras subidas de tono, más propias de una querella barrial. Así, entre sapos y culebras, lanzadas de uno y otro lado, la cámara de Diputados aprobó la ley que habilitará a votar desde 2013 a los jóvenes de 16 años. Para  el Gobierno, se trata de la adquisición de otro derecho. Parte de los opositores creen que es un acto de manipulación social y electoral.

            Un sector de los adversarios de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner (el socialismo y sus aliados) pensaban apoyar el proyecto, pero desistieron de hacerlo después de que un legislador kirchnerista los tratara de durísimos términos. El cruce de insultos fue lo que lo llevó a preguntarse al diputado Felipe Solá si estaban en una “asamblea universitaria”, al parecer, un foro donde se puede decir de todo y contra todos.

            El voto a los 16 años, a diferencia del que rige para todos los argentinos mayores de 18 años, será optativo.

            “Esta reforma va en contra de todos los derechos y garantías de nuestros niños, niñas y adolescentes. Es una ley engañosa e hipócrita”, planteó Laura Alonso (derechas).

            “En caso de sumarse a todos los jóvenes de entre 16 y 18 años al padrón electoral, solo aumentaría el 3%”, recordó el oficialista Jorge Rivas.

            El peronismo ha hecho un culto de la juventud desde fines de los años 60. Fue el general Juan Perón, desde su confortable exilio madrileño, que instó a las nuevas generaciones a sumarse a la política y a la acción para favorecer su retorno al país. Perón no solo le hizo un guiño a las nacientes formaciones guerrilleras. Dijo que si el tuviera la edad de sus “muchachos” tambíen pondría bombas. Los jóvenes se tomaron al pie de la letra aquello de que eran la “juventud maravillosa” y la fuerza del “trasvasamiento generacional”. Creyeron  que ellos serían los herederos naturales del anciano general. Lo presionaron. Quisieron imponerle condiciones. Que acelere el proclamado camino hacia el “socialismo nacional”. Ansiosos por asir el futuro, le mataron a su jefe sindical (José Ignacio Rucci). El 1 de mayo de 1974, Perón los acusó de “estúpidos” e “imberbes”. La ruptura aceleró la lucha entre las facciones peronistas de izquierda y derecha, y la caza de jóvenes por los grupos paramilitares enquistados en el Estado. Fue el preludio de lo que la dictadura hizo después a gran escala.

            Cristina Fernández de Kirchner retomó, décadas después, la idea de que los jóvenes deben ser protagonistas de los cambios sociales que ella emprende. Un sector de esa juventud se ha identificado fuertemente con ella y su extinto marido, Néstor Kirchner, así como con las consignas que gritaban sus padres o abuelos en los turbulentos setenta. El proceso de politización de los jóvenes excede al oficialismo, se nota en las calles y también en las escuelas secundarias de la ciudad de Buenos Aires, tomadas por los alumnos que reclaman mejoras edilicias y que no le cambien arbitrariamente los contenidos de estudio. El cambio cultural es tan notorio que un ensayista, José Natanson, les ha dedicado un reciente libro, titulado, naturalmente, “¿Por qué los jóvenes están volviendo a la política?”.

            Y los que vuelven, miran con curiosidad hacia atrás. El espejo de los setenta. Una de las películas más vistas en este país durante las últimas semanas se llama Infancia clandestina. Trata de la vida cotidiana de un grupo de jóvenes que conspiran contra la dictadura en 1979, y de cómo el universo paranoico y asfixiante del grupo, que incluye a un matrimonio y un pariente, termina contaminando a un chico de 11 años que utiliza un nombre cambiado y una biografía apócrifa.

          “Salvemos a la Argentina de la indencencia”, dijo, entre lágrimas, la diputada conservadora Elisa Carrio, en rechazo a la ley aprobada.

     ”Las hipótesis sobre un virtual voto cautivo de los pibes empoderados desconoce la lógica de la democracia tanto como la versatilidad e independencia de juicio de los flamantes electores. Las elecciones en centros de estudiantes secundarios y universitarios dan una buena pista: sugieren que el kirchnerismo no tiene asegurado el aval en las urnas”, recordó el columnista Mario Wainfield.

            La consultora Graciela Römer sugiere que la politización de los menores de 18 años es en rigor un fenómeno de Buenos Aires y, quizá, de otros dos grandes centros urbanos, Córdoba y Rosario. “Hay que tener cuidado, porque aunque se haya estimulado a ese segmento a volver la mirada hacia la política, no significa que esa actitud pueda generalizarse entre los jóvenes: hay un escepticismo marcado sobre la posibilidad de la política de modificar la realidad. Sienten que el futuro les es incierto y en las encuestas se ve claramente cuando consideran que la generación de sus padres vivía mejor que la de ellos, con menos incertidumbre”, señaló.

            Según Römer, la ley aportará voto joven al kirchnerismo y a la izquierda, “pero no es suficientemente significativo en la distribución de votos promedio”.

            En la Argentina paradójica, algunos de los que se oponen a que vote a los 16 años son los que reclaman considerar a los menores punibles de sanción penal, convencidos de que, de esa manera, terminarán los problemas de seguridad ciudadana.

Römer