La insólita admisión de Asad

Un miliciano rebelde, en un distrito de Damasco.

Un miliciano rebelde, en un distrito de Damasco.

Uno de los aspectos que ha pasado casi desapercibido pero que resulta muy interesante y significativo respecto al ataque que, según han confirmado varias fuentes occidentales, realizó la aviación israelí contra un objetivo militar dentro de Siria el pasado miércoles es la reacción del Gobierno sirio. A todas luces, el tambaleante régimen de Bashar el Asad trata de sacar tajada política de lo sucedido.

Como es habitual en estos casos, Israel guarda un mutismo oficial absoluto. Ni confirma ni desmiente la supuesta operación, aunque llevaba días advirtiendo de forma más o menos pública que cualquier intento de hacer llegar a Hizbulá –la milicia chií libanesa que se enfrentó en una guerra con Israel en el 2006—armas químicas o armas convencionales sofisticadas que “cambien la ecuación” supondría cruzar una “línea roja”.

 Pero, contrariamente a lo ocurrido con incidentes anteriores, esta vez el Gobierno sirio no se ha mantenido callado. Por la vía de la denuncia  y con una retórica previsible, Damasco ha reconocido el bombardeo.

Cuando, en septiembre del 2007,  la Fuerza Aérea israelí destruyó un reactor nuclear en Siria, el mutismo de Damasco fue tan férreo como el del propio Israel, hasta el punto de que la noticia tardó días en trascender y muchos detalles siguen siendo desconocidos.

A primera vista, resulta, pues, sorprendente que Siria haya admitido la existencia del ataque. Pero aún resulta más sorprendente que haya desvelado el supuesto  objetivo, aunque esto no concuerde con las informaciones procedentes de fuentes diplomáticas occidentales. Según éstas, Israel destruyó, cerca de la frontera con el Líbano, un convoy militar que transportaba armas a Hizbulá. Según el anuncio de las autoridades de Damasco, los israelíesl bombardearon un “centro de investigación científica” (militar) en el distrito de Jamraya, en la periferia de Damasco.

Tragarse el orgullo

Sea cual sea la verdad, cabe preguntarse por qué en esta ocasión el acorralado régimen de Asad ha preferido tragarse el orgullo y someterse a la humillación de admitir que aviones de combate de un país enemigo,  con el que técnicamente sigue en estado de guerra, han sido capaces de violar su espacio aéreo –y atravesar también el del Líbano–, dejar caer unas cuantas bombas y regresar a sus bases sin un rasguño ante la impotencia del Ejército sirio.

Quizás Asad pensó que el mundo árabe –que le ha condenado al ostracismo por la brutalidad con la que aplastó la revuelta provocando una guerra civil que ha causado ya por lo menos 60.000 muertos–,  pondría ahora el grito al cielo ante la “agresión israelí” y le daría un balón de oxígeno. Pero el silencio en las capitales árabes habla por sí solo y no puede ser más ensordecedor. Solo Rusia, Irán y la propia Hizbulá –es decir, los aliados del régimen de Asad—han condenado la acción militar de Israel.

Las cosas quedaron más claras el jueves. Por la mañana, Hizbulá se avanzó y afirmó que el ataque “explica lo que ha venido ocurriendo en Siria en los últimos dos años”.  Por la noche, tras una reunión extraordinaria, el Gobierno sirio relacionó abiertamente el ataque de Israel con la insurgencia en su propio país, afirmó que existe un vínculo entre “la agresión israelí” y los “grupos terroristas en el país” y añadió que” todo forma parte de un complot de Israel, EEUU, Catar y Turquía”. Trató, pues, de avalar la tesis en la que el régimen de Damasco se refugia desde hace tiempo: que  la rebelión obedece a una conspiración internacional.

Pero el Gobierno de Damasco aún fue más allá. “Israel –afirmó– nunca se hubiera atrevido a lanzar este ataque a menos que los grupos terroristas armados, con el Frente al Nusra [vinculado a Al Qaeda] a la cabeza,  hubieran preparado las circunstancias prácticas para este acto mediante objetivos organizados contra los sistemas de defensa aérea y radares”.

O sea que, según el régimen de Asad, de la incapacidad militar del Ejército sirio también tienen la culpa los rebeldes que, aparentemente, se aliaron con Israel y le allanaron el camino destruyendo radares y sistemas de defensa aérea.

No está mal. Se trata de aprovechar la osadía del enemigo externo para echar toda la mierda posible sobre el enemigo interno, que es el que de verdad preocupa en estos momentos.  Hay que reconocer que es ingenioso. También es una muestra extraordinaria de cinismo.