Sin revolución a la vista

 

Dibujo satírico contra Maria Antonieta.

Dibujo satírico contra Maria Antonieta.

Permítanme esta larga cita para empezar:

“Con unas pocas medidas ocasionales, […] ya no se puede salvar nada, hace falta un Hércules que aparte del camino de una vez la gigantesca piedra del déficit. Un ayudante, un ministro tras otro es llamado a la obra de la financiación, pero todos aplican tan solo aquellos recursos calculados para el momento, que nosotros mismos recordamos muy bien de ayer a hoy (la historia siempre se repite): gigantescos empréstitos que en apariencia hacen desaparecer los anteriores, impuestos y más impuestos sin consideración alguna, impresión de asignados y refundición del dinero en oro en forma devaluada, es decir, inflación encubierta. Pero como la enfermedad real es más profunda, y se debe a una defectuosa circulación económica, a un insano reparto de la sustancia económica nacional por acumulación de toda la riqueza en las manos de unas docenas […], y como los médicos financieros no se atreven a acometer la necesaria intervención quirúrgica, la anemia del tesoro se hace crónica”.

¿A que suena muy actual, como si fuera escrito para ahora mismo? En realidad fue escrito en 1932, pero se refería a unos hechos ocurridos en las postrimerías del siglo XVIII. Lo escribió Stefan Zweig en su biografía María Antonieta (Acantilado, 2012).

De aquella situación descrita en la larga cita hasta la toma de la Bastilla y el estallido de la Revolución francesa hubo solo un pequeño paso. O mejor dicho, fue aquella situación la que generó el descontento, no solo el de las clases populares. También el de la naciente burguesía incluida en el llamado Tercer Estado, e incluso el de una parte de la privilegiada aristocracia quejosa de un rey indeciso y pusilánime y de una reina frívola que además era hija de la archienemiga Austria.

María Antonieta.

María Antonieta.

María Antonieta ha pasado a la historia como madame déficit por su irrefrenable pasión por el gasto, pero la suya no era la única mano rota. Luis XVI heredó una situación financiera necesitada de grandes reformas para equilibrar las cuentas públicas, pero agravó el déficit con la participación francesa en la guerra de la independencia de los Estados Unidos.

Desde entonces el mundo ha dado muchas vueltas, pero releyendo aquella cita, parece que poco o nada se ha aprendido. Estamos en medio de una crisis financiera que también necesita un Hércules para combatir el déficit. A falta de esta figura titánica, las medidas adoptadas apenas sirven de parche. Con los nuevos préstamos o bonos se pagan los intereses de los anteriores. Suben los impuestos existentes y se crean nuevas modalidades recaudatorias. Y la brecha entre ricos y pobres no hace más que crecer mientras se va reduciendo la clase media con la pérdida paulatina de poder adquisitivo.   

Sin embargo, hay una gran diferencia. La idea de una gran revolución como la de 1789 hoy no existe. Andrés Ortega escribía hace poco que en el mundo occidental no hay ya revoluciones porque no existe un modelo alternativo al capitalismo actual, porque las sociedades europeas son hoy más ricas y porque las clases medias tendrían mucho que perder aunque advertía del riesgo que supone el desclasamiento de estos sectores sociales.

Cruda realidad a la que es difícil resignarse. ¿Sólo nos queda la indignación?